martes, 14 de agosto de 2012

ANIMAL


Antes de ir a ver granja alguna, pasé más de un año empapándome de textos sobre el tema de comer animales: historias sobre la ganadería industrial, documentos del sector y del Departamento de Agricultura de Estados Unidos (USDA), panfletos de activistas, obras filosóficas relevantes y numerosos libros existentes sobre comida que tocan el tema de la carne. Con frecuencia me sentí desconcertado. A veces la desorientación era el resultado de la confusión de términos como «sufrimiento», «alegría» y «crueldad». Esto parecía ser en ocasiones un efecto buscado. Uno nunca puede fiarse del todo del lenguaje, pero cuando se trata del tema de comer animales, las palabras se usan tan a menudo para desviar y camuflar como para comunicar. Algunas palabras, como «ternera», nos ayudan a olvidar de qué estamos hablando realmente. Otras, como «fresco», pueden confundir a aquellos cuyas conciencias buscan la verdad. Otras, como «feliz», significan lo contrario de lo que dan a entender. Y algunas, como «natural», no significan prácticamente nada.

Nada podría parecer a primera vista más «natural» que la separación que existe entre humanos y animales (ver SEPARACIÓN ENTRE LAS ESPECIES). Sin embargo, no todas las culturas poseen la categoría «animal» o alguna categoría equivalente en su vocabulario: la Biblia, por ejemplo, carece de palabra alguna que pueda equipararse al vocablo «animal». Incluso según la definición del diccionario, los humanos son y no son animales. Pero lo más frecuente es que usemos esa palabra para referirnos a todas las criaturas (desde el orangután a la gamba, pasando por el perro), menos a los humanos. Dentro de cada cultura, incluso dentro de cada familia, sus miembros entienden de manera distinta qué es un animal. Es probable que dentro de uno mismo haya también distintas opiniones al respecto.

¿Qué es un animal? El antropólogo Tim Ingold formuló esa pregunta a un grupo de eruditos pertenecientes al ámbito de la antropología social y cultural, de la arqueología, la biología, la psicología, la filosofía y la semiótica. Les resultó imposible llegar a un consenso en el significado de esa palabra. Significativamente, sin embargo, existían dos importantes puntos de acuerdo: «En primer lugar, que en nuestras ideas sobre la esencia animal subyace una fuerte corriente emocional; y en segundo, que someter estas ideas a un escrutinio crítico implica exponer aspectos de la comprensión de nuestra propia humanidad que son altamente sensibles y están enormemente inexplorados.» Preguntar «¿qué es un animal?», o, por ejemplo, leerle a un niño un cuento sobre un perro, o apoyar los derechos de los animales, revierte de manera inevitable en plantearse qué significa ser uno de nosotros en lugar de uno de ellos. Es lo mismo que preguntar «¿qué es un ser humano?».

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